Cincuenta y dos años después se cumplió, durante la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC)...

che guevaraCincuenta y dos años después se cumplió, durante la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la llamada “profecía del Ché”, aquella con la que Ernesto Guevara predijo el fracaso de la Alianza para el Progreso, surgida como respuesta de la administración de John F. Kennedy al desafío que planteó a Estados Unidos la revolución cubana, asentada tras la fracasada invasión de bahía de Cochinos y que obligó a modificar sus conceptos de defensa y desarrollo hemisférico, en cuyo contexto histórico se edificó la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco.

La Alianza para el Progreso era un programa para el desarrollo socioeconómico de EU para América Latina que tenía el objetivo de contener la expansión de los principios políticos que pudiera aportar al resto del continente la triunfante revolución que liderada Fidel Castro.

La estrategia estadunidense fue ratificada por la Organización de Estados Americanos (OEA) el 17 de agosto de 1961, en la conferencia que tuvo lugar en Punta del Este, Uruguay. Aludía “otras formas de movilización armada limitada y de freno a la influencia soviética, que se vinculaban a la ‘acción cívica’ y desarrollista en pueblos amenazados por falsas promesas revolucionarias de los ‘comunistas enemigos de la libertad’”.

Así, Latinoamérica se convirtió con Kennedy en una zona de frontera en la cual se tenía que mantener vivo el sueño americano, enfrentándose mediante la violencia o mediante proyectos pacíficos a las “agitaciones comunistas”. El fortalecimiento de la democracia, desarrollo y reformas sociales fueron sus puntales, conjuntamente con la nueva Doctrina de la Seguridad Nacional de Washington, una adaptación del aparato contrainsurgente que emplearon los franceses en Vietnam y Argelia realizada en la academia militar de West Point para el mundo, que particularmente en el continente americano derivó en golpes de Estado, incluyendo el propio Estados Unidos.

En el texto oficial de la Constitución de la Alianza para el Progreso se estableció su objetivo general: “Mejorar la vida de todos los habitantes del continente”, proclamando varias medidas en lo social (vivienda, educación, sanidad), en lo político (defendiendo la formación de sistemas democráticos, según el principio de autodeterminación de los pueblos) y en lo económico (limitación de la inflación, mejora de la balanza de pagos, siempre bajo la iniciativa privada).

Ernesto Ché Guevara, entonces ministro de Industria de Cuba, enfrentó en ocasión de la quinta sesión plenaria de la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social, del 8 al 16 de agosto de 1961, la ofensiva diplomática de EU: “Tengo que decir que Cuba interpreta que esta es una conferencia política, que Cuba no admite que se separe la economía de la política y que entiende que marchan constantemente juntas. Por eso no puede haber técnicos que hablen de técnicas, cuando está de por medio el destino de los pueblos. Y voy a explicar, además, por qué esta conferencia es política, porque todas las conferencias económicas son políticas. Pero es además política porque está concebida contra Cuba, y está concebida contra el ejemplo que Cuba significa en todo el continente americano”.

En esa Conferencia es cuando el jefe de la delegación caribeña auguró que una nueva etapa se iniciaba en América con el ejemplo de Cuba y explicó la decisión del gobierno de La Habana de abstenerse de firmar la Carta de Punta del Este. Alertó sobre los peligros de esa Alianza: “Cuba señaló la contradicción entre la insignificancia de los objetivos y lo grandioso de las proclamas. Se habló aquí de un reto con el destino; se habló de una alianza que iba a asegurar el bienestar de América, y se usaron muchas palabras grandilocuentes (...) Esta Alianza para el Progreso es un intento de buscar soluciones dentro de los marcos del imperialismo económico. Nosotros consideramos que la Alianza para el Progreso, en estas condiciones, será un fracaso”.

No obstante, como es sabido, México, se subió al carro de la “revolución social pacífica”, aunque mantuvo las relaciones diplomáticas con La Habana. Bajo esa ideología y con los recursos financieros y técnicos que aportó la Alianza para el Progreso mediante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) fue que se erigió la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco.

“Finalmente, medio siglo después una nueva América Latina logró poner a la Historia en su lugar: no sólo no es la OEA, ese engendro de la guerra fría creado por EU para someter a toda la región, la que ha seguido marcando sus dictados, sino que debió ser ese organismo el que ayer se hizo presente en La Habana, en la figura de su titular, el chileno Miguel Ángel Insulza, en un simbólico reconocimiento de la derrota definitiva de la política de Washington, que hace 52 años, el 31 de enero de 1962, expulsó a la isla del concierto de naciones de toda la América”, consignó contundentemente Irene Selser en su columna periodística (Milenio Diario, 28 de enero de 2014, p. 29) con motivo de la reunión de jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, en Cuba, en ocasión de la II Cumbre de la CELAC celebrada los días 28 y 29 del pasado enero.

Más aún, Selser remató (Milenio Diario, 30 de enero de 2014, p. 31) con el señalamiento de que Cuba no sólo venció a la OEA, sino también el ilegal e indecente bloqueo económico y comercial de EU, impuesto desde 1962 a la revolución cubana con el propósito de doblegarla.

 

UN ESCENARIO DE LA GUERRA FRÍA

El fracaso de la Alianza para el Progreso no significó con ello el fin de la política contrainsurgente de Washington. Peor todavía, pasó a manos de los halcones estadunidenses. De hecho, el 68 mexicano y su trágico desenlace en la Plaza de las Tres Culturas se entiende mejor como el punto de transición a esa etapa abierta de “guerra sucia” que se desarrolló en América hasta fines de los años 80. Las aversiones de los grupos extremistas de EU permearon en la clase política mexicana, con las que justificó la “conjura comunista” para la represión del 2 de octubre.

A propósito del 50 aniversario del asesinato de Kennedy, que se cumplió el pasado 22 de noviembre, el columnista Rafael Landerreche (La Jornada, 12 de noviembre de 2013, p. 18) reseña la conclusión a la que llegó un libro sobre el ex presidente estadunidense (JFK and the unspeakable. Why he died and why it matters, de James W. Douglass1) que a su decir “se ha estado abriendo paso silenciosa pero eficazmente entre el montón de literatura frívola, tendenciosa, o francamente subvencionada por esa misma CIA que ha inundado las librerías de EU: el magnicidio “fue básicamente un golpe de Estado orquestado por la CIA y apoyado por los grandes intereses de las empresas, las obsesiones de los militares y las fobias ideológicas de los extremistas”.

Landerreche concluye que “lo interesante del caso es que mientras les tomó casi 50 años a los gringos llegar a esa conclusión, Fidel Castro lo vio con toda claridad al día siguiente del asesinato. En un resumen que realiza al largo discurso del líder cubano transmitido por televisión el 23 de noviembre de 1963, destaca que: “1) Si bien Estados Unidos es un país imperialista, hay grados y matices aun dentro del imperialismo, desde las formas más liberales del capitalismo hasta el nazismo, forma extrema del imperialismo. 2) Si bien el mismo Kennedy había sido parte importante de esa política imperialista (particularmente con respecto a Cuba) en los últimos meses se había ido distanciando de la extrema derecha a tal grado que tras el tratado de proscripción de armas nucleares (firmado con la Unión Soviética apenas unos meses antes) y tras varios discursos que fueron unánimemente atacados por ser demasiado suaves hacia Cuba no era de extrañar que hubieran decidido ‘eliminar a un presidente cuyas políticas chocaban de frente con las políticas promovidas por los círculos más reaccionarios de EU’”.

Huelga mencionar que la “derrota moral” de la política exterior de la Casa Blanca hacia el subcontinente americano conlleva el fracaso del desarrollismo y el neoliberalismo en México, situación determinada en gran medida por los intereses de una burguesía nacional acostumbrada a cubrir sus necesidades con el progreso generado en los países más avanzados.

En Tlatelolco, a casi 50 años de su inauguración, es evidente el deterioro en su infraestructura. Guevara también lo pronosticó: “un programa de desarrollo que empiece por ver el número de escuelas, de casas o de caminos que se van a hacer, es irreal. El desarrollo social es algo realmente imprescindible y es por lo que todos luchamos. Es prácticamente ridículo pensar que solamente se va a luchar por el desarrollo económico simple, y que va a ser el desarrollo económico en sí un fin. Eso no es así”.

Bienvenidos a la realidad, se puede concluir hoy, 52 años después.