En la década de los años 50 la economía mexicana comenzaba a lograr un crecimiento...

tlatelolcoEn la década de los años 50 la economía mexicana comenzaba a lograr un crecimiento constante y sostenido, con lo que se vislumbraba el éxito del programa revolucionario iniciado 20 años antes. Con la modernización del país y su ascenso industrial y urbano surge entonces un proyecto de regeneración del centro y el área periférica inmediata de la Ciudad de México.

Ciertamente, el Estado mexicano buscaba la estabilidad y conservación de la zona, apoyándose en sus instituciones de asistencia social –los institutos de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y Mexicano del Seguro Social (IMSS)– para la dotación de vivienda a gran escala bajo el régimen de renta subsidiada, la cual estaría acompañada de la administración estatal de los servicios de mantenimiento.

En un diagnóstico del urbanista Mario Pani realizado en 1958 se identificó el tipo de habitación dominante en Nonoalco-Tlatelolco-Puebla como típicamente de vivienda para alquiler, por lo cual se apostó a que la iniciativa privada se corresponsabilizara en la necesidad de proporcionar habitaciones en renta, no recayendo ésta exclusivamente en el gobierno federal.

El planteamiento fue construir habitaciones “grandes y baratas”; la solución: edificar en altura.

Pronto, las acciones para fincar el progreso del país resultaron incongruentes con las demandas emergentes de la realidad social; de tal manera que se impuso una paz republicana con el que se pretendió el fortalecimiento del capital de empresa. La represión de las demandas populares fue el fondo que conformó el “milagro mexicano”, que finalmente sucumbió ahogado en sus propias contradicciones.

Es en ese contexto que en las postrimerías de su gobierno el presidente Adolfo López Mateos inaugura oficialmente Ciudad Tlatelolco, el 21 de noviembre de 1964 –aun cuando la obra no se concluyera formalmente–, en compañía del regente del entonces Departamento del Distrito Federal, Ernesto Uruchurtu, y Guillermo H. Viramontes, director de lo que hoy se conoce como Banobras.

En ese momento, Viramontes reveló el nuevo objetivo, la “meta de justicia social del señor presidente: hacer propietarios a los moradores del gran Conjunto”. La fórmula: adquirir un departamento mediante un Certificado de Participación Inmobiliaria, que representaba una parte alícuota de la propiedad total de un edificio y otorgaba a su propietario el derecho de uso y goce de una vivienda específica.

“Los departamentos de interés social se venderán, de acuerdo con los deseos del señor presidente, en condiciones excepcionales”, se dijo para exponer finalmente la intención clara de recuperar la inversión realizada. Es decir, en los hechos, se desvirtuó el espíritu de la magna obra, consistente en imitar el modelo sueco o español de dotación de vivienda de calidad en alquiler para la clase trabajadora.

Cundió entonces una desilusión y una desesperanza entre los habitantes de las colonias proletarias que fueron excluidos de Tlatelolco, pues lejos quedó el discurso de Pani, cuando expuso su proyecto, en 1960:

“La construcción de grandes conjuntos urbanos, como Nonoalco-Tlatelolco, forma parte de la revolución pacífica emprendida con firmeza por el actual régimen, porque su finalidad no es el embellecimiento de la ciudad, aunque este también se obtenga sino, sobre todo, dotar a los grandes grupos económicamente débiles de la población de la vivienda que necesitan para llevar una existencia decorosa, digna y saludable”.

Lo que al final pudo concretarse del proyecto original de regeneración urbana en realidad sólo sirvió a un estrato de los empleados del Estado y trabajadores de ingresos fijos, incluso a la propia especulación inmobiliaria.

De esta forma es como comenzó en México la era de la condominiomanía…