Los nombres cristianos con que fueron bautizados

tenochtitlan

Los nombres cristianos con que fueron bautizados los cuatro “campas” tuvieron una correspondencia deliberada con tres basílicas y una iglesia mayor romanos

Se trató de “una recuperación histórica, un pasado recuperado, amestizado y cristianizado, porque no quedaba otra posibilidad”: José Rubén Romero Galván

Pedro de Gante llamaba a la Ciudad de México recién conquistada “la Roma del Nuevo Mundo”. Para el historiador José Rubén Romero Galván la denominación no podría ser más cierta si se reflexiona en la paradoja que significó para el español la destrucción de esta maravillosa urbe y la necesidad de recuperar su grandiosidad comparándola con el centro del catolicismo.

A pesar de la aniquilación de esta urbe rodeada de “círculos de jade”, decía el poeta Nezahualcóyotl, los propios españoles decidieron conservar sus cuatro parcialidades con las nominaciones en náhuatl: Atzacoalco, Teopan, Moyotlan y Cuepopan, añadiendo nombres de la cristiandad: San Sebastián, San Pablo, San Juan y Santa María.

José Rubén Romero, quien participó en el ciclo La plaza principal, su entorno y su historia, organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dijo que esta acción entraña la conciencia que tenían los conquistadores, en particular Hernán Cortés, de la importancia simbólica de México-Tenochtitlan como eje del mundo donde “comulgaban” el inframundo y la parte superior del universo.

Por ello, explicó al público reunido en el Auditorio Eduardo Matos del Museo del Templo Mayor, los nombres cristianos con que fueron bautizados los cuatro barrios o “campas” tuvieron una correspondencia deliberada con tres basílicas y una iglesia mayor ubicados en Roma que, para el siglo XVI y hasta el día de hoy, representa el centro de la cristiandad.

Lo interesante, sostuvo el también etnólogo y coautor de México-Tenochtitlan. Su problemática lacustre, es que los santos y la virgen referidos: San Sebastián, San Pablo, San Juan y Santa María, guardaban en sus atributos aspectos que los vinculaban con las cualidades simbólicas de las zonas en que estaban localizados los “campas” indígenas.

De esa manera, “si Atzacoalco era el rumbo de la muerte y de lo negro: el norte, resulta ser que San Sebastián en Roma era una basílica que tenía la reputación, desde tiempos paleocristianos, de que ahí se realizaban banquetes mortuorios, además de ser el repositorio de los restos de mártires importantes. Una basílica vinculada con la muerte”.

“Luego estaría San Pablo, el único apóstol representado de manera muy viril en la iconografía cristiana; de ahí que Teopan, ubicado en el rumbo del este, del rojo y del fuego, de lo masculino, recibiera el nombre de este santo”, detalló José Rubén Romero en el ciclo convocado por la Dirección de Estudios Históricos del INAH.

En el sur, un área vinculada a la juventud, el azul, lo impreciso, “estaba que ni mandado a hacer para recibir el nombre de una basílica romana como era San Juan de Letrán, dedicada a San Juan Evangelista, él siempre aparece en los textos como el discípulo joven y amado del maestro”.

Finalmente, se designaría el nombre de Santa María La Redonda al barrio localizado al poniente: Cuepopan, punto cardinal asociado a lo femenino.

México-Tenochtitlan había sido fundada hacia 1325 en el eje del mundo, como lo indicaba una serie de señales referidas por el dios Huitzilopochtli a los “teomamas” o sacerdotes: no sólo la presencia del águila devorando a la serpiente, sino también de una fuente donde aguas rojas y azules se unían de forma violenta, aludiendo a la conexión del inframundo con la parte superior del universo.

“¿Y qué era Roma en el siglo XVI? sino el eje del mundo católico? Roma es el centro de la cristiandad, el centro del catolicismo. Por eso está a su vez la Ciudad de México con esas cuatro denominaciones que apelan a las basílicas romanas, y es ahí donde cobra sentido una frase de fray Pedro de Gante cuando llama a la Ciudad de México: la Roma del Nuevo Mundo”.

“La Ciudad de México destruida por los españoles se vincula, ni más ni menos, con el centro de la cristiandad. Es un pasado recuperado, amestizado y cristianizado, porque no quedaba otra posibilidad. Era la Ciudad de México del siglo XVI que orgullosamente se erigía y que fue tan